Paranormal

Parapsicología: ¿Qué son los fenómenos paranormales?

Bienvenidos a la sección en la que exploraremos todo lo que concierne a lo paranormal, o sea lo que sale fuera de lo ordinario.

Hace millares de años que el ser humano intenta dilucidar los misterios más profundos de la existencia. Ya la misma vida nos plantea interrogantes que la ciencia no alcanz<a a explicar del todo. Y entonces no hace falta imaginar qué sucede con algunos fenómenos que a veces resultan contrarios a la lógica. Por ejemplo los milagros, que tienen que ver con acontecimientos maravillosos. Y lo que se considera sobrenatural en cuanto a los poderes de algunas personas. Las sanaciones en muchísimas de las medicinas tradicionales del mundo tienen que ver con una mezcla de estos fenómenos que se encarnan en un curador, y a veces necesitan o invocan fenómenos más extensos en la naturaleza.

Quedan invitados a este viaje por los secretos del alma humana y su conexión con el cosmos: una invitación a lo más recóndito de lo insondable.

Origen de los fenómenos paranormales

Las actitudes que suscitan los fenómenos considerados actualmente como paranormales, así como las opiniones relativas a su origen, han sufrido numerosas variaciones a lo largo de la historia; los relatos de los propios fenómenos, en cambio, presentan una notable coincidencia y ello no sólo en los tiempos remotos mencionados por los textos, sino incluso antes, si aceptamos la evidencia de las comunidades tribales.

Los chamanes de las tribus, generalmente seleccionados para ese puesto desde su juventud e incluso desde su infancia, merecían esa distinción porque se mostraban dotados de la facultad de adivinar a través de facultades extrasensoriales y, más aún, de obrar prodigios mágicos por medio de poderes psicoquinésicos. Dado que los espíritus y las apariciones eran parte sus-tancial de la vida de la tribu, también lo eran las brujas y los magos, a quienes se atribuían los mismos poderes del hechicero pero utilizados para sus propios fines, que a veces eran malignos, en lugar de aplicados en beneficio de la tribu.

Se creía que dichos poderes residían en aquellos individuos que tenían acceso al mundo de los espíritus, lo cual inspiró a los misioneros -que durante siglos fueron la única fuente de información sobre las creencias de las tri-bus- la opinión de que el poder explotado por hechiceros, chamanes y brujos sin distinción era diabólico, aun cuando se utilizase en beneficio de la tribu; el demonio ayudaba a los hechiceros sin otro objetivo que el de dominados a ellos y a sus tribus. No obstante, algunos de los observadores más sagaces empezaron a darse cuenta de que, si no todas, ciertas tribus tenían nociones algo más complejas sobre La energía utilizada en dichos casos.

Dicha energía, que podía aplicarse a numerosos y variados usos, se suponía que era neutral, es decir, tan neutral como la gravedad. Era «una especie de material fluido, exento de inteligencia personal pero capaz de recibir, incorporar y reflejar la impresión de ideas y espíritus», como escribió el investigador francés Pierre Saint Yves en La force magique (1914); «una especie de espíritu impersonal carente de ideas propias al que pueden incorporarse las intenciones de los hombres y de los espíritus a fin de llevar a término sus objetivos».

 

El mana y el prana

 

El “fluido” recibía muchos y muy diversos nombres, pero el que más se popularizó fue el de mana, término con el que lo designaban los habitantes de las islas del sur del Pacífico.

Una creencia similar, descubierta por miembros de la Compañía de las Indias Orientales que se tomaron la molestia de investigar las tradiciones hindúes, encerraba la palabra prana: sutil forma de energía que impregnaba todo el universo y que se manifestaba a través de los seres humanos, algunos de los cuales tenían la facultad de emplearla.

Gradualmente fue surgiendo una distinción entre los fenómenos ocultos, para los que no existía razón identificable puesto que la causa que los producía permanecía ignorada, y los fenómenos mágicos, realizados por los chamanes o brujos que manipulaban el flujo de energía por medio de la clarividencia o a través de manifestaciones del poder de la mente sobre la materia, ambos hechos corrientes entre las comunidades tribales.

Pero el concepto de mana se fue deteriorando a causa de dos procesos: el primero, la emergencia de los estados, dominados por castas dirigentes poco dispuestas a tolerar que sus súbditos se sometiesen a los dictados del chamán de la tribu; el segundo, el desarrollo de conceptos jerárquicos en relación con el mundo de los espíritus, que condujo a creer primero en la existencia de unos dioses que lo gobernaban y posteriormente, tal como aparece en el Antiguo Testamento, en la existencia de un único Dios todopoderoso.

El pueblo de Israel siguió siendo básicamente una comunidad chamanista. 

Pero como los sucesores de los chamanes, esto es, los profetas, se hallaban en comunicación con un único amo, el Señor, los poderes que éste les confería, fuesen ya extrasensoriales como en los numerosos relatos de sueños precognitivos, ya mágicos como cuando Elías invocó el fuego del cielo, se consideraron divinos; divinos eran incluso cuando el Señor los otorgaba al diablo, como en el episodio en que le permitió tentar la fe de Job. Así, el concepto de mana fue desapareciendo.

Toda la energía debía proceder del Señor, tanto si la empleaban sus espíritus (los ángeles) o sus profetas, como si la utilizaban el diablo y sus espíritus (los demonios) o las brujas sometidas a la voluntad del Maligno. Ésta fue la creencia que incorporó a su doctrina el cristianismo. Fortalecidos por los relatos de los milagros realizados por Jesús y sus discípulos y por la fe de san Pablo en el poder del Espíritu Santo (emanación procedente directamente de Dios), los cristianos primitivos creían que cualquiera de los fieles podía realizar también milagros -magia. La esencia de la fe cristiana primitiva era, en realidad, la de «ahora todos podemos ser chamanes», siempre y cuando los poderes se empleasen para honrar a Dios.